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Por estos días

Pienso que nací al borde del suicidio.

Desarma y Sangra (fragmento)

De forma espontánea, mientras prende el sexto cigarrillo de la corta jornada de trabajo y plantea su idea sobre cual sería la mejor forma de programar el marco teórico (y su idea es buena, ella lo sabe y sus compañeros de trabajo esperan que ella se pronuncie, su juicio es reconocido por ser certero, audaz, y de una u otra forma siempre logra reconducir el discurso del otro al suyo propio) gira su vista hacia el ventanal con las cortinas corridas del departamento de su amigo. En vez de detenerse en la belleza de la ciudad de noche, vista desde una altura panorámica, ve su cuerpo y su rostro reflejados en el vidrio. El impacto que le produce su imagen proyectada la causa una desagradable sensación. Ve su cintura aumentada por el pan que ha comido a destajo la última semana; sus ojeras, esos dos semicírculos alabados por él, de un morado intenso, que la hacen ver enferma, demacrada, vieja. El cigarro, que ha aumentado las precoses líneas de expresión de las orillas de su boca, y que son...

Zuricata

Conozco una Zuricata estructuralista. Sí, habita en la sabana, y es la más observadora de su manada. Constantemente está oteando el horizonte, y pensando que en la vida sólo existen dos especies: las zuricatas y las tortugas. Yo le econtré toda la razón del mundo, y desde ahí sellamos un pacto interestelar de amistad perpetua y descuarizamientos varios. Porque según él, yo también soy una zuricata. Somos de la misma especie. El problema de la Zuricata es que no sabe de dónde sacar su alimento. Su existencia sucede tras los libros, en la comodidad de su hogar C2, pero con piscina. Se pierde, la saban real le queda grande. Es ahí donde su ignorancia y sus pretensiones de ser la Zuricata Mayor quedan en el tintero, en el tintero que está sobre el escritorio en el que siempre se ha protegido. Pero es una Zuricata sabia. Tiene el don de la clarividencia, de la telepatía y se rumorea que el de la teletransportación. Como ese tema de Charly que no conocía antes de conocerme, porque es demasia...

Soledad Torrentoza.

La mujer me daba miedo. Me intimidaba, me hacía sentir cierta incomodidad con su rostro anguloso y la rudeza de sus tatuajes. La imaginaba andando por Providencia con el pololo ique yo le había inventado, que era un poco gordo y con barba de Shopper. Por supuesto, en moto. Y por Providencia, porque era cul, se notaba. Nada, nada de eso era verdad. Sólo su gusto por Providencia. Trabajos, texos feministas, un par de películas, incontables borracheras y muchas horas después oscilamos entre un cariño maternal y la crítica descarnada. Nos queremos, porque somos intensas, locas y pocas. Soy otra, hoy. He visto muchas cosas, he sufrido un poco, me he emborrachado harto, he amanecido en camas ajenas, he hecho cosas buenas y malas, a veces me come la nostalgia, pero avanzo. Con el placer de llegar a casa. Soledad Torrentoza, apasionada, intensa. Su vida llena de matices, experiencias locas, mesura y tropiezos. Las coincidencias, a pesar de las diferencias. Santiago es un lugar difícil, pero ll...