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Al ritmo de un blues

Te lamería la verga con la misma prolijidad que mi gata limpia su pelaje y te lo dejaría igual de brillante brillante como te pones cuando estás borracho y nos perdemos en los laberintos del sin pudor Barrería cada uno de tus pendejos amazónicos que nada tienen que ver con tu pecho imberbe de jovenzuelo pervertido y upeliento Me calentaré aún más con tus fantasías homoeróticas que me cuentas mientras me besas los ojos y nos envolvemos en alabanzas de locuras. Te pasaría el chico sólo si me dejas que te diga que me gusta cuando me duele y me tratas como a un travesti de parque bustamante Es que me provocas pajas de antología Mojaderas donde se me resbala la vagina con tus manos haciendo patria en mi culo y mis pezones explotando bajo tu lengua Pero estábamos tan solos que el semen se perdía por litros en anónimos trozos de confort barato o de doble hoja, según sea el barrio Nos conformábamos con porno malo de redtube y mis fantasías lésbicas no llegaban a cruzar mi puerta. Y estábamos t...

Santiago.

Me siento tan infeliz en Santiago, que cada vez que camino por la calle pienso en las mejores formas de verbalizarlo. El problema es que como no salgo, se me pierden las palabras.

No quiero que nadie sepa lo que me está pasando.

Lo que importa.

Tengo impregnada la sensación de familiaridad del fin de semana.

Mesura

¿Cuál es la emoción que viene después de los veinte? Es que en la adolescencia pensamos que ya lo hicimos todo. Todas aquellas primeras veces que nos dejan huellas de intensidad que nunca olvidamos, y que nos mantienen con expectativas que nunca podrán ser superadas después de los veinte. Porque nos curamos de espanto, porque es fácil caer en el exceso de excesos, para evadirnos, para dejar de sentir, para no sufrir, y ahora somos inmunes a conmovernos, a remecernos, a estremecernos por algo. La vida de aquí en adelante me parece tan predecible, que no sé si me alcance la paciencia para esperar un "nuevo aire".

Yo por yo.

No era la primera vez que viajaba. Antes ya había volado en avión, del cual lo que más recordaba era la maleta de dulces rosada, y la mochila Ladeco (esa empresa anterior a la era LAN), llena de lápices y libretas para dibujar. Siempre le gustaron mucho los colores; desde pequeña se sintió seducida por las tonalidades intensas y las formas llamativas. Dibujó mucho, recuerdo, siempre con más empeño que talento. Pero bueno, era una niña; la misma que mandaron al jardín a tempranos tres años para que no rayara más las paredes de su casa. Quizás tenía mucha energía, por eso siempre prefirió las pistolas a las muñecas. O los soldaditos, esos de plástico que vendían en una bolsita, como cualquier otro producto del supermercado de la esquina. Su mamá se preguntaba que si tanto gusto por lo masculino la iba a hacer rarita cuando grande. Sus dudas quedaron negadas con creces años después, pero ese es otro tema. Iba mirando por la ventana. Después de pasar unas tres horas sola con su hermano, ...

Siempre queremos más.

Por primera vez en los siete años que te conozco, siento que me ignoras. O quizás me ignoraste esa año nuevo, ese en que no gané el sorteo. Lo que si sé es que no pasé inadvertida. Es que siempre, cómo decirlo, combinamos. Fuimos una buena dupla, hicimos buenas cosas, dijimos otras mejores. El mundo ciertamente era más bonito en ese entonces, cuando teníamos menos desiluciones y fracasos en el cuerpo. Pero pedíamos más, porque siempre queremos más. ¿Era porque nos movíamos en estándares fifa? Tuvimos todo allí, la felicidad allí, las tardes increíbles allí, y acá, hoy, todo me suena a recuerdos épicos. Si volviera a ese estadio, no sería a uno menos espectacular que aquel. Y eso que odio las metáforas deportivas, igual que Cameron.