De forma espontánea, mientras prende el sexto cigarrillo de la corta jornada de trabajo y plantea su idea sobre cual sería la mejor forma de programar el marco teórico (y su idea es buena, ella lo sabe y sus compañeros de trabajo esperan que ella se pronuncie, su juicio es reconocido por ser certero, audaz, y de una u otra forma siempre logra reconducir el discurso del otro al suyo propio) gira su vista hacia el ventanal con las cortinas corridas del departamento de su amigo. En vez de detenerse en la belleza de la ciudad de noche, vista desde una altura panorámica, ve su cuerpo y su rostro reflejados en el vidrio. El impacto que le produce su imagen proyectada la causa una desagradable sensación. Ve su cintura aumentada por el pan que ha comido a destajo la última semana; sus ojeras, esos dos semicírculos alabados por él, de un morado intenso, que la hacen ver enferma, demacrada, vieja. El cigarro, que ha aumentado las precoses líneas de expresión de las orillas de su boca, y que son...
Feliz cambiaría la relación de desahogo que he generado con el teclado por un lapiz, y esta pantalla por una hoja en blanco. Pero aún sigo extrañando de twitter la facilidad de putear y sentir que así las cosas son un poco menos peores. O que la retroalimentación instantánea que allí se produce haga que sea fácil cambiar de tema. Los tiempos de internet, que le llaman. Pero ya no quiero. No quiero que la única razón para apagar el computador sea que tengo que dormir. "la vida requiere movimiento e internet nos estanca, twitter nos estanca" me dijo Ovejuno el otro día. Y tiene razón. E incluso si no tuviera buenas razones para disfrutar la vida, comenzaría a buscarla en otro lado, en otras cosas, en otras compañías.
Quizás el lugar que pises se transforme en tu lugar. Quién sabe. No lo sé. De verdad, no lo sé.
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